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"Si las estrellas y los planetas carecen de
influencia sobre nuestros destinos ¿para qué sirven? ¿Seremos oficiantemente
impíos hasta acusar a Dios de injustica y de iniquidad
suponiendo que ha creado en vano el gran y bello espectáculo de
los cielos y la innumerable armada de las estrellas? Podemos, verdad
es, utilizar su andar para medir el tiempo, pero ¿es
razonable tomar al mundo por un gigantesco reloj? La
hierba más húmeda, la piedra menos fina, el animal más vil
¿tendrán siempre aquí en el mundo, para quien sepa verla, una
propiedad útil o preciosa; y debe admitirse
que las sustancias eternas e incorruptibles que divagan
sobre nuestras cabezas están destinadas por la Providencia a una
acción bienhechora".
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